24/11/16

Mujeres cool, por Quique Artiach: Irena Sendler

Irena Sendler, no es una “mujer cool” es mucho, mucho más, es una de las mujeres más importantes del siglo XX tanto por su heroicidad como por lo que nos enseñó con su vida. Muchos nos enteramos muy tarde de su grandeza, de nuevo una figura olvidada, una vez más por ser mujer.
También llamada “el  ángel del gueto de Varsovia” o  “La madre de los niños del Holocausto” salvó de la muerte a más de dos mil quinientos niños judíos.



Esta historia no habría llegado hasta mi si no hubiera sido por otras cinco mujeres (éstas si extremadamente cool). Cuatro de ellas son un grupo de adolescentes de un pequeño pueblo de Estados unidos que investigaron sobre ella para un trabajo de Historia, se pusieron en contacto con ella, escribieron una obra de teatro -“La vida en un tarro”- que ellas mismas pusieron en escena y despertaron la curiosidad de la quinta mujer cool: la escritora Anna Miezszkowska que escribió el libro “La madre de los niños del holocausto”  en colaboración con la propia Sendler.

He encontrado este libro después de buscar por varias bibliotecas. Su vida ha sido llevada a la pequeña pantalla en la miniserie “El valeroso corazón de Irena Sendler” protagonizada por Anna Pakin que ya se puede ver en Netflix en algunos países (en España creo que todavía no).




Empecemos por contar brevemente su historia:

Desde el principio de la II Guerra Mundial ayudó a los más necesitados desde su puesto de enfermera en el Departamento de Bienestar Social pero pronto iría mucho más allá. Al dividir los alemanes Varsovia en tres sectores -el Alemán, el Polaco y el Judío (o Gueto de Varsovia)- y ver con sus propios ojos la crueldad de los nazis, que no dudaban en atacar a los niños judíos, y del frío, el hambre y las enfermedades que les asediaban, entendió la urgencia de sacar de allí a los pequeños.

La mayor dificultad era convencer a las madres, padres y abuelos para que le entregaran a los niños, muchos se quedaron y fueron enviados con el resto de sus familias a los campos de exterminio.
Para llevar a cabo semejante tarea, Irena utilizó el edificio del Ministerio de Justicia (que tenía una puerta en la zona judía y otra en la alemana), los sótanos de edificios, las alcantarillas, narcotizó bebés y los escondió dentro de pequeñas cajas en camiones de suministro, los metió en sacos e incluso en ataúdes.



Todo esto no podía ser llevado a cabo sin una organización,  pasar a una persona de un lado a otro era la parte fácil. Había que tener familias de acogida, documentación falsa, sin la que era imposible sobrevivir: sin documentos no había cartilla de racionamiento ni alimentos y cualquiera que no tuviera sus papeles en regla era automáticamente considerado sospechoso.
Por supuesto tuvo ayuda, muchos colaboradores anónimos y también  la del Consejo para la Ayuda de Judíos, Zegota.

Leer sus hazañas y las del todos los polacos que lucharon por la supervivencia en el magnífico libro de Anna Miezskowska le reconcilia a uno con la humanidad.

Sendler organizó un “registro de los niños”. Apuntaba las identidades antiguas y nuevas en papeles de seda que luego enrollaba en un carrete, para que pasada la guerra se pudiera localizar y reunir a los distintos miembros de las familias.

Cuando la Gestapo, que nunca detenía a nadie durante el día, se presentó en su casa en plena noche, le arrojó  a una compañera las direcciones y esta logró esconderlas a tiempo. Le detuvieron, destrozaron su casa, pero no encontraron nada.






Una vez en manos alemanas, fue condenada a muerte por fusilamiento y torturada, pero los expertos interrogadores de la Gestapo no le sacaron ni media palabra. “¿Qué era yo comparada con las vidas de tantas personas?” dijo en sus memorias.

En la cárcel de Pawiak donde esperaba su ejecución vio morir a muchas mujeres, un soldado entraba en la celda llamaba a varias de ellas y pocos minutos después eran fusiladas en presencia de sus compañeras. El día que el oficial dijo su nombre, Irena pensó que todo había terminado, pero sus amigos de Zegota habían sobornado a un oficial de la Gestapo para que la sacara de allí en el último momento.

A partir de entonces tuvo que esconderse porque, aunque oficialmente había sido ejecutada, los alemanes se habían dado cuenta del engaño y la buscaban. Dormía cada noche en un lugar diferente y ni siquiera pudo ir al entierro de su madre que en su lecho de muerte le había dicho: “Irena prométeme que no irás a mi funeral, la Gestapo te está buscando”. Esto le salvó la vida nuevamente.
Una vez libre y recuperado el carrete con las direcciones, las metió en un tarro de cocina que a su vez enterró en el jardín de una amiga.

Acabada la guerra entregó la información a Adolfo Berman, el primer presidente del Comité de salvamento de los judíos supervivientes. Muchos niños se habían quedado huérfanos pero otros volvieron con sus familias.



Hasta su muerte con noventa y ocho años, siguió buscando a personas incluso a título personal, a pesar de todas las dificultades que tuvo que soportar por parte del nuevo gobierno comunista. Era una de las pocas supervivientes que quedaban con la suficiente información para reunir familias que se habían separado. A veces sólo podía consolar a los que llegaban a ella diciéndoles dónde habían muerto o dónde habían sido enterrados sus familiares o amigos: “Sí, conocí a tu abuelo, a tus padres a tu hermana, aquí están sus tumbas”.

Se puede decir que aprovechó su vida en bien de los demás hasta su último aliento a pesar de los graves inconvenientes que le causaron también las nuevas autoridades comunistas.
Para mí lo más increíble de esta gran mujer es la humildad, su profunda humanidad: “Os ruego que no me consideréis una heroína, me pongo furiosa sólo de pensarlo” decía unas veces; y otras: “Hice lo que tenía que hacer”. Sólo se lamentaba de no haber podido hacer más, de no haber convencido a más madres para que le entregaran a sus hijos  -“Todavía oigo los llantos de las madres al despedirse de sus hijos en mis pesadillas”-.


Irena Sendler murió en 2008 habiendo recibido en 1965 el título de “Justa entre los gentiles“ que concede el estado de Israel. Recibió de su Polonia Natal en 2003 la más alta distinción civil al ser nombrada “Dama de la Orden del Águila Blanca”. También fue nominada al Nobel de la Paz en 2007, título que lamentable y vergonzosamente no le fue concedido, lo que dice de nuevo muy poco a favor de la institución sueca que prefirió dárselo al político norteamericano Al Gore.